La Semana Santa en Madrid en los Siglos XVI al XVIII

miércoles, 1 de abril de 2009

Grabado de 1888. La Ilustración Española – Fuente: BNE.
SIGLO XVI
La Semana Santa en Madrid era el momento en que las gentes compraban y cambiaban de traje, siendo el punto de partida, o la disculpa, el Domingo de Ramos. Las damas casaderas iban acompañadas de sus padres, dueñas o pajes a la iglesia.

En las puertas de la iglesias estaban los estereros valencianos, con grandes palmas o entretejidas elaboradas. También estaban los labradores de Madrid con ramas de olivo o de romero. Lo más correcto, por fastuoso, era entrar ya a la iglesia con la palma. Todos los galanes andaban atentos a ofrecer una palma a su prometida, o posible futura prometida, pero aquí se producían numerosos problemas, pues las damas iban cubiertas, y se daba el caso que dos galanes ofrecían la palma a una misma dama, lo que ocasionó no pocas disputas. La dama que aceptaba la palma se lo entregaba a sus acompañantes y tomaba un rama de olivo o romero para estar más vistosa y descansada.

Domingo de Ramos - Nuevo Mundo, 1899 – Fuente: BNE.

El Domingo de Ramos la más ostentosa era la del Palacio Real y destacaba también la de la Santa Cruz, a la cual asistía el Concejo de Madrid. Quizás la más querida era la del Colegio Imperial (hoy corresponde al Instituto San Isidro), donde se exponía una replica del Santo Sudario de Turín. En el Hospital de la Pasión, anexo al antiguo Hospital General, se trasladaban los huesos de los difuntos de la iglesia al camposanto, otorgando a los que así lo hacían indulgencia plenaria.

El Miércoles empezaban muchas procesiones, siendo la más relevante la que salía del Carmen por la tarde con destino a Palacio. Por la noche se siguió conservando la tradición de aporrear los confesonarios, púlpitos e incluso los altares, aunque con el tiempo se fue abandonando.

El Jueves Santo se imponía el más riguroso silencio, quedaba prohibido circular con carruajes por las calles de la Villa, y ni el mismo Rey se atrevía a contravenir esta orden, estando únicamente permitido el trasporte en silla de mano con fuerza humana. Las mujeres estaban todo el día yendo de una iglesia a otra, y los hombres no se unían a ellas hasta las diez de la noche, estando despiertos de templo en templo hasta la madrugada. Algunos hombres cargaban cruces o cadenas y se organizaban largas comitivas que los alumbraban con antorchas y acompañaban de una iglesia a otra.

Dos procesiones, instituidas por San Fernando, se celebraban el jueves, ambas salían del entorno de la plaza de la Cebada, de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia y del convento-hospital de la Pasión, y las dos iban a la gran plaza de Palacio donde eran recibidas cada una por separado por el Rey y la Reina.

En Nuestra Señora de la Concepción se veneraba durante el Jueves y el Viernes Santo la faz de Cristo.

A las seis de la mañana se iniciaban las procesiones del Viernes Santo, con la de Jesús Nazareno en los Trinitarios Descalzos, que iba de San Millán al convento de los Capuchinos de la Paciencia (en la actual Glorieta de Bilbao).

La de Santísimo Cristo de la Fe, salía a las ocho de San Sebastián y a las doce se oficiaba el Entierro de Cristo en la iglesia del Carmen y en las Descalzas Reales con el Santísimo Sacramento dentro del costado de la efigie del Redentor. En los conventos de San Felipe el Real y Santa Bárbara, ya desaparecidos, se celebraba la ceremonia del Descendimiento. Otro acto singular era el sermón que se oficiaba de 12 a 3 de la tarde en el convento de los Padres Basilios, en la calle Desengaño.

Mencionar también el acto de redención que se ofrecía a las mujeres de mala vida en Santa Maria de la Penitenciaria, otorgándolas el perdón, aunque en la mayoría de los casos eran unas horas lo que tardaban en volver a pecar.

Al finalizar la misa los cánones mandaban que el mozo llevará la palma a casa de la dama. El galán debía de atar la palma a un balcón o reja, utilizando para ello una cinta. El color de la cinta tenia un significado, así el encarnado era que se sentía correspondido, el negro que no le quería pero moriría por ella y el verde que mantenía la esperanza de llegar a buen fin (este era el más utilizado en señal de humildad). Cuando el color era blanco significaba que la palma era de algún niño, anciano, o bien de alguna doncella que no tenía galán, y servia de señal para los mozos despistados.


El Miércoles Santo era tradición ir a pasear cerca de la iglesia o el cementerio. Las mozas iban cubiertas y los mozos solían regalarlas matracas o carracas de madera, talladas en finas maderas y con motivos que, siendo a la vez religiosos, dejaran entrever su sentimientos. Esto daba mucho trabajo a los carpinteros y algún orfebre, ya que algunas carracas eran adornadas con oro o plata.

Se supone que después entraban en la iglesia, y no sé sabe el momento, pero todas las damas debían de empezar a hacer sonar las carracas a la vez, y los mozos golpeaban los confesionarios. Andrés Gómez Riberano, poeta del siglo XVI, nos dejó esta poesía:

Las damas con sus matracas
los azotes semejaban
y los hombres golpeaban
confesonarios o estacas.

En las puertas de las iglesias se montaban puestos de pastelería, panadería, comestibles varios e incluso se vendía vino. Pareciera que al acabarse la cuaresma solo se tuviese un día para comer, y la gula campara a sus anchas. Los templos e iglesias permanecían abiertos toda la noche y con sus luces encendidas, así como los hogares de las principales familias, lo que permitía al pueblo estar despierto toda la noche y hacer alguna que otra tropelía. Era tradición aguantar despierto hasta el amanecer y el ir de nuevo al interior de la iglesia una vez saliera el sol.

Una costumbre era que las damas se cubrieran con un manto (se las llamaba arrebozadas o rebozadas) y con una pequeña antorcha velasen al Santísimo toda la noche, pero los mantos cada vez fueron siendo más ostentosos y se daba el caso que algunos galanes llegaron a cortejar a las damas en las iglesias, por lo que dicha tradición fue prohibida.

En la procesión del entierro de Cristo, que se hacía al amanecer del Sábado Santo, o en los pasos del Viernes por la tarde, las mujeres iban cubiertas y los hombres utilizaban careta o una caperuza puntiaguda (como las que hoy se usan) y hacían sonar un clarín grave. Algunos se flagelaban la espalda y después se les sajaba con unas bolas de cera con cristal en las puertas de los templos, lo que no dejaba de ser un acto de vanidad por parte de los flagelados y un divertimento para el público que los veía.

Hoy en día no comprendemos esta forma de celebrar la Semana Santa pero hay varios motivos para entenderlo. El fuero de Madrid en aquella época concedía muchos privilegios al pueblo, no olvidemos que en el fondo no dejaban de ser unos colonos en tierras que hasta entonces habían sido musulmanas. La Inquisición fue tomando fuerza y poder durante este siglo, y como veremos, estos dispendios no fueron consentidos en los siglos siguientes. La vida en aquel entonces debía de ser muy dura y para el pueblo el que se mantuvieran las luces toda la noche debía de ser un acontecimiento y a la vez coincidía con la finalización del largo invierno.

Fuente: Alrededor del Mundo – Marzo 1921. Biblioteca Nacional de España.


SIGLOS XVII y XVIII
Durante la Cuaresma eran suspendidas todas las representaciones teatrales. Esta suspensión era tomada como el punto final para la temporada teatral. El Miércoles de Ceniza los cuerpos del estado se reunían en las iglesias elegidas y se daban unos solemnes sermones. Así el Consejo de Castilla se reunía en el convento de San Gil (situado en la actual plaza de Oriente), el de la Inquisición en Santo Domingo, los de Hacienda en la Victoria,.... También se hacían durante la Cuaresma ejercicios espirituales en las capillas subterráneas o Bóvedas Santas que tenían determinados templos.

Los primeros pasos eran: el Cristo de los Desgraciados, de la iglesia de San Luis, que salía el Viernes de Dolores; y el Cristo del Perdón, que salía un día antes del convento del Rosario a cargo de los frailes dominicos.

Nuevo Mundo, 1899 – Fuente: BNE.


Hasta cinco procesiones iban a Palacio el Viernes Santo por la tarde, siendo las más nombradas la de los Trinitarios Calzados, de la calle Atocha, y la del monasterio de la Victoria, que estaba en la Carrera de San Jerónimo. En ellas se congregaban el Concejo de Madrid, los Sres. Alcaldes del crimen de casa y corte, las cofradías, los parroquianos. Vestían de negro, llevaban cirios y los más humildes antorchas, y se cubrían el rostro con largos antifaces. Las procesiones eran acompañadas por el sonar de largos clarines y el redoblar de unos tambores cubiertos con telas negras. En otras procesiones estaban los hombres con capirotes que se flagelaban la espalda.

Procesión en el Palacio Real. El Imparcial – 1926 – Fuente BNE.


Fuente: La Ilustración Española y Americana. Marzo de 1913. Biblioteca Nacional de España.

Autor: Ricardo Márquez.
En este blog también colaboran: Angel Caldito y José Manuel Seseña.

7 comentarios :

Anónimo ,  8 de abril de 2009, 3:11  

Muy interesante reportaje, Ricardo. Es curioso que en estos siglos se consideraba la Semana Santa como como un principio de vida nueva con ropa nueva. En mi tierra francesa, las abuelas y antepasadas hacían la colada para todo el año con ceniza y lavaban las cortinas de casa hasta la próxima Pascua.
Es estraño ver que en la cuaresma de los siglos XVI a XVIII se suspendían las obras teatrales y hoy por el contrario, que hay más oferta que nunca.
Me han gustado mucho las fotos antiguas.
Un cordial saludo
Anne

Anónimo ,  8 de abril de 2009, 3:13  

Tengo que corregir: Es extraño (no estraño)
Anne

Ricardo Márquez 8 de abril de 2009, 8:03  

Hola Anne,

En España el dicho es: “El Domingo de Ramos / al que no estrena nada / se le caen las manos”. Posiblemente estén ligados la tradición francesa y española. Creo que podía ser por engalanarse de color como en estos días lo hace el paisaje en su estallido de verdor y flores.

Yo todavía recuerdo que a finales de los años setenta durante la Semana Santa se cerraban las discotecas y en los cines solo se ponían películas con motivos religiosos. Las radios no emitían música alegre, aunque no puedo asegurar si esto solo era el Jueves Santo y Viernes Santo.

Saludos.
Ricardo

Anónimo ,  5 de abril de 2012, 10:24  

Que interesante articulo Ricardo,como siempre. Yo recuerdo tambien en el año 80 que iba a pasar los fines de semana a un pueblo de Guadalajara, y resulta que inaguraban una discoteca ("la discoteca" mejor dicho) coincidiendo con la SS y no les dejaron. Eso si, hicieron resucitar a Jesucristo ese año el sabado por la noche para poder inagurarla...¡¡menos mal¡¡¡¡¡
Irene

Ricardo Márquez 6 de abril de 2012, 10:27  

Muchas gracias Irene. Siempre había pequeños resquicios para saltarse la norma, como las bulas. A finales de los 70 todavía estaba prohibido que pusieran musica por la radio que no fuera de caracter religioso, y como apuntas, no abrían discotecas, ni los mesones de la plaza Mayor donde se cantaba,....
Salduso

Anónimo ,  7 de abril de 2012, 10:04  

Todavía coleaba la Santa Inquisición y tapandose el rostro,sobre todo las mujeres se garantizaban un poco de permisividad.
Cada tiempo,según la cultura se desarrollan las costumbres,debemos de tener en cuenta que en estos siglos pocas mujeres sabían leer y mucho menos escribir.
Un saludo de G.M.P.

Ricardo Márquez 8 de abril de 2012, 23:28  

Hola Gloria. Creo que la mantilla y la peineta deben de ser los sucesores de aquellos velos. Tiene gracia como siempre el pueblo llano ha sabido esquivar las restricciones, y por medio del color de los lazos hacían ver su condición.
Saludos

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